
Clásicos del mundo
La Grulla Agradecida
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Un león en un gran bosque amaba rugir y perseguir a cada animal, incluso cuando no tenía hambre. Los animales asustados se escondían hasta que apenas podían recoger comida. Un pequeño conejo se ofreció a hablar con él, llevando un plan construido sobre el pensamiento en lugar de la fuerza.
El conejo llegó más tarde de lo que el león había ordenado. Tengo una razón, dijo. Otro león me detuvo, afirmó ser el verdadero rey del bosque, y te retó a que lo conocieras. El león se enojó demasiado para hacer preguntas cuidadosas.
El conejo lo llevó a un pozo de piedra vieja. Se esconde debajo, susurró el conejo. El león se inclinó, vio su propio reflejo en el agua, y rugió. Un rugido más fuerte resonó.
El león levantó sus patas para saltar, pero el conejo gritó: “¡Alto! Cada sonido que envías te vuelve, así como tu ira pone en peligro tanto el bosque como tú.” El león miró de nuevo y vio sólo su propio rostro.
El león retrocedió y admitió que su temperamento casi lo había enviado al pozo. Prometió no volver a perseguir animales para divertirse. El bosque volvió a su vida cotidiana, y el león aprendió a hacer una pausa, escuchar y pensar antes de usar su fuerza.
La sabiduría puede detener la fuerza irreflexiva, y la victoria duradera cambia un patrón dañino sin causar más daño.
Un león de mal genio asusta a los animales del bosque todos los días. Un pequeño conejo utiliza un reflejo y un eco en un viejo pozo para mostrarle el peligro de la ira incontrolada.
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